(Enero 2026) A veces en las noches como hoy me invade un sentimiento de tristeza profunda, inexplicable, sin razón, pero esa compañía la conozco muy bien, pues me ha acompañado desde hace 7 años, va y viene pero nunca se aleja del todo, siempre vuelve, como si mi mente y mi corazón fueran su casa y a veces me destruye. No puedo pensar más que en el pasaado y en ella, pues su objetivo es que recuerde todo lo que fue, y lo que no pudo ser, para continuar con la tormenta eterna.
(11/05/2026) La sala tenía un olor característico, limpio y pulcro, como el propio de un hospital privado. Entraba por la ventana la luz de la mañana, mientras que me encontraba expectante, con la emoción de alguien que verá por primera vez un procedimiento tan intrigante como una cesárea. Vi ahí a un amigo de mi padre, el doctor que amablemente me había invitado. Después de los saludos correspondientes nos preparamos; entramos a la zona gris, un cuarto previo a los quirófanos, donde me cambié y me vestí con un quirúrgico proporcionado por el hospital para preservar la asepsia; al pasar a la siguiente zona, nos encontramos de nuevo y acompañé al doctor a los preparativos: una pequeña entrevista con el esposo de la paciente en un espacio apartado, solo para corroborar datos importantes y que todo estuviera listo. Fue breve, un par de preguntas relacionadas con su esposa; me presentó al padre como ayudante, e intenté poner mi mejor cara de profesionalismo, alguien que generara confianza más que duda. Después nos dirigimos al quirófano, donde el equipo quirúrgico completo estaba preparando todo: la mesa de mayo, el instrumental y el equipo de anestesiología. De esta manera, mientras todos se preparaban nos dirigimos a los lavabos, donde el doctor me enseñó la técnica para el correcto lavado de manos quirúrgico con la paciencia de quien ama su trabajo. Al terminar, regresamos a la sala y nos vestimos con el equipo correspondiente: bata, gorro, guantes, cubrebocas; todo estéril. Ahí estaba la paciente, acostada con el campo bloqueando su visión, un poco nerviosa, pero emocionada, iba a tener a un bebé; a su lado se encontraba el padre, quien estaba igualmente emocionado, pero se le notaban los nervios en la mirada, en cómo hablaba con su esposa y en cómo observaba el entorno. Mientras un residente aplicaba la anestesia; el doctor Jorge me explicaba el procedimiento. Estaría en el área de neonatología con él, no participaríamos en la cirugía; pero íbamos a recibir al bebé en sus primeros momentos, algo genuinamente emocionante. Al tiempo que me explicaba el proceso, me preparé mentalmente, pues, aunque hace unos meses había tenido unas clases del tema y estuve estudiando días antes para estar preparada, me encontraba sumamente ansiosa, sentimiento que se combinaba con la emoción y expectación que no solo sentía yo, sino toda la sala. Todo fue muy rápido, el momento en el que comenzó la cirugía fue sorprendente; tres personas moviéndose a toda velocidad, comunicándose, realizando maniobras especializadas que llevan años de entrenamiento, aun así, lo hacían con una naturalidad y precisión milimétricas. Entonces lo escuché, el llanto de un bebé recién nacido, se veía un poco azul, era bastante pequeño; ahí supe que era el momento. Lo trasladaron hasta la cama climatizada en la que estábamos nosotros y comenzamos a actuar. El doctor, se movía como un experto; lo analizó, emitió un APGAR y el número de semanas de gestación en cuestión de segundos. Procedió a limpiar secreciones de su boca y nariz; después me permitió limpiarlo, pasé una gasa blanca por su pequeño cuerpo, quitando los restos del líquido amniótico y al mismo tiempo estimulando para que puediera respirar y no tuviera frío. Ese momento fue impactante pues resulta muy diferente saber el protocolo en teoría, y hacer una práctica en el centro de simulación con mis compañeros, a vivirlo en persona. La rapidez con la que sucedió todo fue impresionante; en cuestión de un minuto el bebé estaba listo para acercarlo a su padre, que estaba extasiado; lo tomó con tanta delicadeza y amor, tenía esa mirada que solo un padre puede dedicarle. Me acerqué y a su petición le tomé algunas fotos con su hijo, para que pudieran recordar ese momento tan especial. Después de ese encuentro y de toda la adrenalina acumulada, llegó la calma tras confirmar que el bebé estaba bien. Era turno de la parte aburrida del papeleo; escribir todos los hallazgos y puntajes obtenidos en documentos para el registro del hospital. Dentro de este papeleo, se encontraba una de las partes más tiernas del proceso. Apareció un bloque de tinta negra; esa que se usa para los sellos de los maestros de preescolar. El doctor lo presionó en el pie diminuto del bebé, para después colocar este sobre una hoja de papel grueso, decorado para la ocasión. Tras este lindo momento tuvimos que llevarlo a los cuneros junto a todos los demás bebés. De nuevo en una cuna climatizada que era redonda y hermosa. Recorrimos el pasillo, que, a diferencia del primero, se sentía cálido y feliz, con un aura de tranquilidad. Al llegar se realizó una última revisión, junto con una inyección de vitamina K para prevenir una deficiencia y una prueba neonatal indispensable. Mientras nos movimos a la estación de enfermeras el doctor me preguntó: “¿cómo te sentiste?” pude dar una buena respuesta, quizá demasiado corta, pero que no pudo expresar todas las emociones experimentadas, porque toma tiempo procesar un momento así de importante. Al regresar a los cuneros con el padre, pude escuchar el nombre de ese bebé que aún recuerdo, uno que es evidencia de lo que es la medicina para mí; de la vida, los pequeños momentos y el propósito del camino que estoy recorriendo. Dejó un sentimiento de esperanza, algo no muy usual, que me hizo apreciar áreas de la medicina que, aunque no sean de mi especial interés, me resultaron genuinamente fascinantes. Eso simboliza el niño que probablemente nunca vuelva a ver, pero que marcó mi forma de ver la vida y la medicina, un nombre que recordaré: Bruno.